
Una jam de jueves cualquiera
Llegamos a las nueve y media y ya estaba medio lleno. Un contrabajo apoyado en la pared, dos guitarras y un micro con cinta adhesiva. El de la barra apuntaba nombres en una servilleta mientras servía.
Empezó un trío sin presentación y, cuando terminó el primer tema, ya había un saxo esperando su turno. Así son las jams: nadie dirige, todo el mundo se suma.
A la una seguía subiendo gente a tocar. Nos fuimos con la sensación de haber visto a cuatro bandas distintas sin haber pagado entrada.

